De La Conce a la jungla
Así se va de Madrid al Pacífico sur costarricense, pasando por los Andes.
Las Colmenas, icono del barrio y “el mayor crimen arquitectónico de Madrid” según un antiguo profe.
Primero, Madrid
30 años he vivido entre Quintana, Barrio de la Concepción, Legazpi y Manuel Becerra. De esos 30, la última década me la pasé convencido de que en algún momento me iría a ver mundo. Solo había que esperar el momento perfecto, claro.
Con esa idea en mente, empezó a pasar el tiempo. Y los trabajos. Y las relaciones. El momento perfecto seguía sin llegar, pero lo que sí llegó fue el 2020, y el mundo se dio la vuelta como un calcetín.
La pandemia, aun con todas sus mierdas, vino a dejarme claras un par de cosas que me acabarían cambiando la vida:
No necesitas una oficina para hacer tu trabajo.
Espabila. Que el momento perfecto ni está ni se le espera.
Lección aprendida. Unos meses después, con el mundo a medio confinar y cayendo la mayor nevada que había caído en un siglo en Madrid, pillé un avión. El destino: Santiago de Chile. El objetivo: buscar naturaleza.
Luego Santiago
No voy a dármelas de apasionado de la naturaleza de nacimiento. Lo de buscar el campo vino con la edad, y tomó tiempo darse cuenta. Las escapadas, cada vez más frecuentes. El bajón al volver a casa. Y la pregunta que lo rompe todo: ¿se puede vivir de otra manera?
Total, que a fuerza de hacerme esa pregunta, acabé por buscar la respuesta. Me planté en Santiago no por Santiago en sí, porque las grandes capitales son todas primas hermanas, sino por todo lo que la rodea. En Chile conectan el desierto más árido del mundo con el Polo Sur, pasando por volcanes y glaciares y todo eso abrazado por los Andes a un lado, y el océano Pacífico al otro. Si querías naturaleza, toma dos tazas.
Vista del glaciar Grey, en Torres del Paine. Un recuerdo de cuando hice la ruta O con mi amigo Yerel.
Ni en cien artículos tendría lugar para hablar de lo increíble que es Chile. Me quedo con haberlo pateado de arriba abajo, y de llevarme conmigo gente que me hizo sentir como en casa, aún estando a 11.000 kilómetros de lo que había sido mi hogar.
Después de 3 años recorriendo el país, ya no quedaban dudas. Era más feliz cuando salía de la ciudad. Los animales, el silencio, el aire limpio. Todo eso lo disfrutaba en pequeñas dosis, como si fueran bocanadas de aire que se toman para no ahogarse. Así que decidí intentar, al menos, seguir lo que el cuerpo me venía pidiendo años.
Y ahora Puerto Jiménez
Elegir el próximo destino no fue tan difícil. Quería olvidarme del frío, ver bichos hasta hartarme, vivir cerca del mar. Algo que no tuviera nada que ver con ningún otro lugar donde hubiera vivido. Y que tuviera un proceso de visado fácil, claro. Costa Rica sonaba bien.
Google Maps en mano, mi mujer y yo acabamos dando con este lugar. Tenía supermercado y farmacia, y estaba a pasos del Parque Nacional con más biodiversidad del mundo. ¿Qué podía salir mal?
Una de las cosas que aprendí en Chile fue que soy un privilegiado. Irse al culo del mundo es fácil cuando tienes dónde caerte muerto. Sí, el proceso mental de romper con todo no es fácil. Pero para una pareja europea, sin hijos, que ha ido a la universidad gracias a una beca y que tiene una casa donde volver pase lo que pase, tirarse a la piscina no conlleva tanto riesgo.
Una foto que hice a una rana verde de ojos rojos dando un paseo al anochecer. Lo típico.
Al momento de escribir esto, ya llevo casi 2 años aquí. Y juro que no hay día que no piense en la suerte que tengo. Cada mañana abro los ojos y veo un tucán, escucho a un mono, miro un mar donde ver ballenas jorobadas saltando es algo medio normal.
Lo que también abunda es gente comprometida con este lugar. Porque no es todo tan bonito como lo pinto, claro. La sombra del “desarrollo” y de la gentrificación (de la que soy parte) es cada vez más alargada. Aquí, la lucha se vuelve real y, si te importa un poco el tema medioambiente, pues no te queda otra que intentar echar un cable como puedas.
En este espacio iré poco a poco hablando del trabajo de las asociaciones locales con las que colaboro para que conozcas mejor lo frágil y lo espectacular de este pedazo de mundo. Ah, y de lo bien que me lo estoy pasando.
¡Gracias por leerme!